La promesa

Sin circunloquios, lo que promete el budismo es evitar el sufrimiento librándose de la ignorancia que condena a una vida frustrada por la persecución de fantasmagorías. Y la vía que señala para ello es una combinación de comprensión y atención.

Obviamente, la práctica de la meditación y, mediante ella, el desarrollo de la atención, tienen como objetivo la transformación personal por la vía de alcanzar una comprensión correcta y directa de la auténtica realidad y, con ello, algo así como otra forma (mejor) de estar en el mundo, una forma, si no estrictamente espiritual, sí con indudables contenidos espirituales.

Para evitar malentendidos, debe aclararse que se está entendiendo la espiritualidad como un estado mental o una sensibilidad que permitiría vivir la cotidianidad con una especial intensidad al percibirla dotada de elementos impactantes y transformadores, pero no necesariamente trascendentes.

En el caso del budismo esa intensidad se busca en lo cotidiano, incluso en lo rutinario. "Cuando como, como, y cuando camino, camino", decía un maestro chan como ejemplo sintético de lo que consistía su práctica cotidiana de la atención, un ejercicio intenso y permanente que debería convertir cualquier acto rutinario en un rito lleno de sentido. De la rutina al rito, se podría decir.

Sin embargo, se puede sospechar que cualquier persona sincera, escéptica o no, tendría que reconocer que la mayor parte de su actividad diaria no merece tanta atención. De hecho, no resulta temerario plantear la hipótesis de que la mayor parte de las personas no tienen especial interés en ocupar todos los rincones de su cotidianidad. Todo lo contrario, se puede sospechar que la mayor parte, si pudiesen escoger, preferirían no estar allí (lo que, por cierto, podría explicar tanto escapismo compulsivo).

Claro que precisamente la idea es que cuando cualquier cosa se hace en un estado de atención se convierte en otra cosa, hay que suponer que mejor. No es una propuesta irracional, aunque quizás sí un tanto optimista, así que se puede defender que cualquier escéptico de mente razonablemente abierta estaría dispuesto a aceptar el plan o, por lo menos, a no rechazarlo de entrada.

En cualquier caso, todavía está por ver si se cuenta con las herramientas necesarias para conseguir llegar hasta ahí.