La percepción

Tomando como referencia de partida la idea de Maya (un concepto que ya aparece en los Vedas, los textos más antiguos de la India, y que tiene presencia en todas las líneas de pensamiento posterior, especialmente en el hinduismo pero también en el budismo), lo que viene a decir esa idea, en pocas palabras, es que nuestra percepción nos engaña convenciéndonos de la naturalidad y evidencia de las cosas que nos rodean, que en realidad serían pura apariencia sin contenido, impidiéndonos con ello acceder a la percepción correcta de la realidad, acceso que exigiría un proceso de atención y comprensión directa que está en el núcleo, de una manera o de otra, en todo el pensamiento oriental y, especialmente, en el budismo.

Por su parte, la epistemología evolucionista (una modalidad de la filosofía del conocimiento que encuentra el fundamento de ese conocimiento en las circunstancias de la evolución biológica, en el habitual sentido darwiniano) afirma que la fiabilidad de nuestro conocimiento estaría más o menos acreditada por el hecho de estar vivos, refiriéndose el aserto a nuestra especie, pero también al conjunto de seres vivos (del planeta Tierra) con un sistema perceptivo de cierta complejidad. Dicho de otra manera, las especies (y los individuos) que no cuenten con un sistema perceptivo fiable lo más probable es que mueran jóvenes o, mejor expresado, no lleguen a perdurar, reproduciéndose en generaciones sucesivas, ni como especies ni como individuos.

Con base en lo anterior, se podría interpretar que la idea de Maya niega la fiabilidad de lo que se percibe mientras que la epistemología evolucionista dice justo lo contrario. Sin embargo, debe aclararse que lo que realmente dice la epistemología evolucionista no es que el sistema perceptivo aporte a los seres vivos (y, en particular, al ser humano) un conocimiento exacto de la realidad, sino que dice únicamente que aporta el conocimiento que le permite seguir vivo. Y no es lo mismo.

Porque ¿qué sería tener un conocimiento exacto de la realidad? Pues habría que saber cuál es la realidad para poder comparar, y no está claro que sea posible saberlo. Precisamente, de eso es de lo que trata la epistemología (en general) y, aunque lleva más de dos mil años dándole vueltas, no se puede decir que ya lo haya resuelto, ni mucho menos.

Y puede ser que haya buenos motivos para que no se haya resuelto porque, como ya se advirtió, cualquier objeto o ser es vacío salvo en una irrisoria trillonésima parte, que sería lo que ocuparían las partículas: electrones, protones, neutrones, fotones y demás fauna...

Y, por si fuera poco, a lo anterior hay que añadirle un pequeño detalle: el hecho de que como mucho tenemos contacto con el 4% de la materia-energía del universo. Es decir, el universo con el que nos tratamos (se puede decir "interaccionamos", si se quiere) está hecho con un cuatro por ciento de lo que se calcula que hay, y que del resto no se tiene otra noticia que datos indirectos de su existencia. Y estamos dejando de lado cobardemente las cuestiones cuánticas, porque ¿se puede conocer algo que, en cierto sentido, no existe?

Si esto es así y, por tanto, si casi todo lo que vemos y tocamos no tiene nada detrás, ¿qué es eso que vemos y tocamos? A modo de respuesta, se ofrece la siguiente cita, no precisamente optimista:

  • "Excepto en el caso de que una completamente nueva y sorprendente explicación para el mundo clásico pueda ser encontrada, existen poderosas indicaciones a favor de una solución que, desde un punto de vista ontológico, resulta bastante decepcionante: el mundo clásico puede ser una idealización aproximadamente correcta e incluso funcional a efectos prácticos pero que, en última instancia, es una ilusión" ("Universalidad y consistencia en mecánica cuántica: nuevos problemas de una vieja teoría", Peter Mittelstaedt, 2002).

La verdad es que, teniendo en cuenta todo lo expuesto, francamente, la idea de Maya puede verse como una forma de hablar de lo más delicado para algo que bien podría ser calificado de estafa perceptiva.