La nada

Como se ha visto, los budistas insisten en que la realidad es impermanente, que su naturaleza real, si se pudiera hablar de ella, sería la vaciedad, la nada. ¿Y qué dice la física de esto? Pues varias cosas, y la primera es que la nada y el ser, si no son lo mismo, se parecen mucho.

  • "(...) es importante darse cuenta de que probablemente no haya nada aquí, después de todo. Sé que parece que formamos parte de un universo material y que estamos rodeados de él (...). Por supuesto, formamos parte de las cosas y estamos rodeados de ellas pero, en un nivel más profundo, no hay nada. (...). Durante la creación no es que apareciese algo a partir de la Nada sino que la Nada original se convirtió en una Nada actual mucho más interesante. (...) Lo que vemos a nuestro alrededor (...) se trata de una Nada separada en opuestos y que, de esta manera, parece algo" ("Indagaciones de un científico acerca de las grandes cuestiones de la existencia", Peter Atkins, 2011).

Para que se pueda entender lo anterior, conviene aclarar que, por lo que cuentan los físicos, el universo en su conjunto tiene una energía global de cero. Es decir, no costó nada (energéticamente) hacerlo y, siendo así, nadie gastó nada en hacerlo (ni debe nada por haberlo hecho, en el caso de que hubiese sido a crédito).

El motivo de este hecho está en que el valor de la materia y la energía que contiene el universo (el debe o activo, por decirlo contablemente) se compensa con el valor de la gravedad generada por la propia trama de materia-energía que llena el universo (el haber o pasivo). Esta compensación se reflejaría en el hecho de que la gravedad aparece en las ecuaciones de la física con un signo contrario a la materia-energía y su mismo valor, ya que vendría a ser algo así como un rebote, reflejo o efecto secundario de su existencia.

No obstante, llegados a este punto se podría pensar que poco importa la "nada" que pueda haber en el origen de todo mientras lo que tengamos a nuestro alrededor sea un mundo sólido y confiable. Y, respecto a esto, parece que bastaría con darle unos golpecitos a cualquier mesa u objeto cotidiano para quedarse tranquilos sobre la fiabilidad de nuestro mundo. Lamentablemente, la "nada" también está aquí y ahora, en cualquier cosa. También en las mesas.

Porque dejando de lado (y ya es dejar) que la mesa (y cualquier otro objeto o ser, incluidos los humanos) es vacío salvo en una parte totalmente irrisoria (una trillonésima), lo poquísimo que no es vacío, las partículas, es dudoso que sean de fiar y que realmente existan en el sentido en el que a nosotros nos gustaría, si tenemos en cuenta que, como los físicos cuánticos insistieron en aclarar desde sus primeros descubrimientos, no pasan de ser una forma de hablar que tenemos para referirnos a unas cosas que sabemos medir pero que, en el fondo, no sabemos lo que son (ni si realmente son).

Lo que parece haber detrás de este hecho es una manifestación del manido principio de incertidumbre o indeterminación, que afirma, en una de sus expresiones más sencillas, la imposibilidad de determinar simultáneamente la posición y velocidad de cualquier partícula: o una cosa o la otra.

Pero debe resaltarse un matiz importante. Originalmente, el principio de incertidumbre se interpretaba en el sentido de que no era posible un conocimiento de la realidad más allá de un cierto grado de exactitud, pero basando esta limitación en el propio proceso perceptivo o de medición. Por el contrario, hoy en día se interpreta en el sentido de que no es que no se pueda conocer la realidad (tanto como quisiéramos), sino que lo que pasa es que la realidad no existe... tanto como quisiéramos. Por decirlo así, esa trama fina del fondo de la realidad no la podemos "ver" no porque no tengamos buena vista, sino porque en ese fondo de la realidad no hay eso que buscamos.

Como conclusión, hay que reconocer que aquí hay unos cuantos argumentos, y muy occidentales, para no romper a reír de inmediato cuando los orientales comienzan a hablar de la "nada", la irrealidad del ser y demás abstracciones negativas.