La llegada

Entonces, se podría pensar, si se consigue aplicar en la cotidianidad una atención profunda y desveladora, ¿ya se habría alcanzado el punto de llegada? ¿Habría aparecido un nuevo buda? Pero, ¿es posible lograrlo? Y, a todo esto, ¿realmente existen los budas? Porque suponer que realmente sea posible alcanzar el nirvana budista o el satori zen, y que estos tengan las consecuencias de las que hablan los que afirman allí haber llegado, puede ser suponer demasiado

El caso es que, ejerciendo la incredulidad que se presupone al escéptico, hay datos que hacen dudar de lo que cuentan los afectados, porque debería ser obvio que alguien que acceda a ese estado tan radical tiene que quedar muy limitado para hacer las cosas normales de la vida. Dicho de otra manera, si uno llega a alcanzar la percepción vívida y anonadante de que uno mismo es una ilusión no parece que resulte razonable seguir yendo a la oficina todas las mañanas como si tal cosa.

Para comprobarlo, los candidatos más apropiados para poner a prueba son los fundadores de las diferentes escuelas y los autores de los principales textos de referencia. A fin de cuentas, son los que explican lo que hay que hacer, así que habrá que pensar que antes de decirlo ya lo hicieron ellos antes.

Sin embargo, lo que aparece resulta, como poco, chocante. Por ejemplo, Dogen, el fundador del soto zen, escribió ochocientas páginas de instrucciones sobre cómo practicar correctamente el budismo. Y eso teniendo en cuenta la repugnancia que tiene el zen por la reflexión conceptual. Por su parte, Nagarjuna, la referencia de la rama madhyamaka del mahayana, dedicó su vida a escribir tan inacabables como retorcidos silogismos para argumentar la falsedad de cualquier pensamiento que no coincidiera con el suyo.

Y esa es la duda: después de penetrar en la esencia de la realidad, ¿se va a hacer la compra al supermercado? Cierto que escribir un tratado no es lo mismo que ir a hacer la compra del fin de semana, pero no deja de ser una actividad intencional y, por tanto, atada al deseo y al afán.

De hecho, casi se podría deducir lo contrario y sospechar que quien esté en condiciones de escribir un libro, aunque sea de budismo, es que está bien lejos de haber alcanzado la iluminación: hay que dar por sentado que un iluminado tiene cosas mejores que (no) hacer. En este sentido, una prueba indirecta de que Sidharta Gautama sí era lo que decía ser es que nunca se molestó en escribir nada.

En lo anterior se pone como ejemplo a los antiguos pero, echando una mirada a los candidatos contemporáneos, el efecto es todavía más contundente. Así, el popularizador del zen en Occidente, Daisetsu Teitaro Suzuki, daba clases en universidades y tenía secretaria. Y el último dalai lama, Tenzin Giatso, considerado la reencarnación de un buda anterior, si no fuese por ir rapado y vestido de naranja, no se podría diferenciar del resto de políticos en medio de las habituales reuniones internacionales de jerarcas mundiales.

En fin, con todo esto (que además puede parecer algo trivial) no se pretende negar la realidad de los estados alterados (o ampliados) de conciencia, pero sí sugerir que pudiera ocurrir que la iluminación fuese algo diferente de lo que uno se imagina. Quizás, afortunadamente, sobre todo teniendo en cuenta alguna de sus consecuencias no deseadas.