La conciencia

La impermanencia y vacuidad, que forman el núcleo del pensamiento budista, tienen sin duda su más delicado ámbito de aplicación en el individuo y el yo.

Para tratar este tema y ver qué opina la ciencia sobre la fiabilidad de ese "yo" al que, siendo sinceros, tanto costaría renunciar, es necesario indagar sobre el trabajo perceptivo del cerebro, eso que se suele llamar "sentir".

Pues bien, para comenzar, hay que decir que por mucho que se busque en los manuales de neurobiología y ciencias cognitivas más actuales, no se va a encontrar una explicación de cuál es el soporte biológico (o correlato neuronal) de eso que llamamos sentir, es decir, de la vivencia subjetiva de una sensación perceptiva.

Obviamente, se conoce bien la base neurológica de la percepción. Es decir, por centrarse en la percepción visual, se conoce con detalle cuál es el proceso por el que los fotones que chocan contra el fondo del ojo terminan por generar en el cerebro una percepción visual. Pero la percepción visual no es lo mismo que su vivencia subjetiva. Para aclararlo, se va a tirar del más tópico de los ejemplos: el color. Y, ya puestos, el color rojo.

Se conoce, pues, la frecuencia de las ondas electromagnéticas que están en la base de esa percepción, se conoce el tratamiento que reciben esas ondas (los fotones) por el tejido celular ocular, y lo mismo pasa con el mecanismo neuronal de transmisión del impulso nervioso y, por último, se conoce en altísimo grado el tratamiento que recibe la información perceptiva por los diferentes sectores cerebrales, sus interacciones y activaciones, hasta que la conciencia, finalmente, percibe el color rojo. Siendo así, ¿cuál es el problema?

Pues el color rojo. Para empezar, ¿por qué se ve rojo y no verde? Claro que, bien mirado, ¿qué es eso de rojo? Y, ya puestos, ¿por qué es un color y no, por ejemplo, un sonido? De hecho, ¿qué es un color y qué es un sonido? Aquí resulta apropiado cargarse de razones ajenas:

  • "Los colores (...) son simplemente una forma particular de transducir la energía de cierta frecuencia. (...) téngase en cuenta que el azul no existe como tal en el mundo externo y que tal sensación solo es una interpretación que hace el cerebro sin el cual los colores no existen" (El cerebro y el mito del yo, Rodolfo R. Llinás, 2003).

Pero el problema no es que el color rojo en realidad no exista (algo que, siendo francos, se podría asumir sin gran trauma), sino que esa inexistencia se aplica a todas nuestras percepciones y sensaciones, incluidas las más aparentemente sólidas y confiables y, entre ellas, una a la que tenemos mucho cariño: sentirnos ser nosotros mismos. Porque, lamentablemente, todo lo dicho del "rojo", se le aplica al "yo" y, claro, no es lo mismo no saber lo que es el color rojo que no saber lo que es uno mismo, por mucha claridad con la que se perciba:

  • (...) la abstracción conocida como el "sí mismo" no se diferencia fundamentalmente de las cualidades secundarias de los sentidos; el "sí mismo" es una invención de la semántica intrínseca del sistema nervioso central. (...) Aunque nos resulte molesto, el hecho es que el "sí mismo" es tan solo una estructura funcional útil, generada por parte del sistema nervioso para centralizar y por tanto para coordinar sus propiedades predictivas ("El cerebro y el mito del yo", Rodolfo R. Llinás, 2003).

En fin, un poco triste oírlo, sin duda, aunque a los budistas les compensará un poco el hecho de que se les dé la razón.