Existencialismo

Los elementos esenciales del budismo que se han enfatizado (vacuidad, ausencia de sentido, aparencialidad, inconsistecia del yo...) le pueden sonar mucho a cualquier interesado en el pensamiento del siglo XX, especialmente si se trata de un escéptico. Por ejemplo, ¿qué pensar de estas frases?

  • "(...) si trato de aferrar ese yo que me supongo, si trato de definirlo y concretarlo, no encuentro otra cosa que agua escurriéndose entre mis dedos (...) Entre la evidencia que siento de mi existencia y la confirmación que trato de dar a esa evidencia, existe un foso que nunca podrá llenarse (...) No sé si mi mundo tiene un sentido que lo trasciende. Lo que sé es que no conozco ese sentido y que me es imposible conocerlo (...) En un universo inesperadamente privado de ilusiones y evidencias, el hombre se siente un extraño"

Estas citas son de Albert Camus y están incluidas en "El Mito de Sísifo", publicado en 1942. La verdad es que Camus no manifestó especial interés en el pensamiento oriental y, sin embargo, su visión del hombre en el mundo podría ser suscrita fácilmente por Buda (he aquí un caso claro de cripto-oriental que no sabe que lo es).

Camus desarrolló la idea del "hombre absurdo", pésima expresión con la que se refería a la penosa situación del hombre, obligado a vivir y, por tanto, a tomar decisiones (sí o no, arriba o abajo, antes o después...) mientras la realidad. Mucho mejor si hubiera usado el término sinsentido en lugar de absurdo, aunque sin duda hubiese sido menos eficaz comunicativamente.

Es palmario que Camus comparte con el budismo lo esencial de su diagnóstico sobre la condición humana (la imposibilidad de encontrar orientación en el mundo). Y aunque aparentemente no coincidan en el origen de esa desorientación (la impermanencia de todo para el budismo y la imposibilidad de fundamentar cualquier respuesta para Camus) tampoco hay que darle muchas vueltas para caer en la cuenta de la directa relación entre ambas: difícilmente se puede fundamentar algo en un mundo que carece de permanencia.

Con todo, Camus no se molestó mucho en justificar el origen de esa imposibilidad de fundamentar, aunque se veía con bastante claridad que el progreso del conocimiento humano había echado abajo las antiguas seguridades (religiosas, míticas y de cualquier otro tipo) sin llegar a substituirlas, dejando al ser humano en la lamentable situación de parálisis que Camus trata en su libro.

Se podría decir, pues, que hay coincidencia en el diagnóstico del mal. Pero ¿la hay también en la terapia? De entrada, Camus no se muestra muy optimista:

  • "Lo único que puedo decir es que esto excede mi medida (...) sin otras armas que un pensamiento que se niega a sí mismo lo que afirma, ¿qué condición es esta de no podar encontrar la paz si no es renunciando a saber y vivir? (...) Quiero saber si se puede vivir en estos desiertos (...)".

Sin embargo, de un modo un tanto inesperado, Camus señala una posible vía, si no de salida, sí por lo menos de convivencia con el sinsentido:

  • "(...) vivir el sinsentido es, en lo esencial, observarlo (...) en ausencia de todo principio de unidad, el pensamiento puede todavía encontrar su satisfacción en describir y comprender cada aspecto de la experiencia (...) ya no se trata de explicar y resolver si no de tantear y describir (...) el pensamiento que se limita a describir lo que renuncia a explicar, este renunciamiento voluntario del que surge un paradójico enriquecimiento de la experiencia y el renacimiento de un mundo en su exuberancia (...)".

Mirar y describir en lugar de explicar. ¿Quién hubiera encontrado fuera de lugar este mandato en un sermón de Sidharta Gautama? De hecho, debe traerse aquí su cita usada en un punto anterior: "En lugar de especular hay que fijarse en las cosas: esto es así, ahora siento o pienso esto, ahora esto aparece, ahora esto desaparece...".

Pero Camus no se queda ahí y, quizás con un exceso de voluntarismo, incluso argumenta las ventajas del sinsentido:

  • "(...) las doctrinas que me lo explican todo me vacían al mismo tiempo (...) me descargan del peso de mi propia vida cuando es preciso que sea yo quien lo lleve (...) Si el sinsentido anula todas mis posibilidades de trascendencia, me aporta en compensación la libertad de acción (...) A partir del momento en el que se lo reconoce, el sinsentido es una pasión (...) (la vida) será tanto mejor vivida si carece de sentido (..)

Otro filósofo de la época, Emil Cioran (conocido por su causticidad y negatividad) lo decía de otra manera: "El que la vida no tenga ningún sentido es una razón para vivir. La única, en realidad" (o, dicho a modo de glosa, la vida tiene interés gracias a que no tiene sentido).

En cualquier caso, Camus hasta le da cierto contenido proponiendo a la actividad creativa como paliativo a la imposibilidad de dar sentido: "el placer por excelencia del sinsentido es la creación". Aunque sin mucho entusiasmo, todo hay que decirlo: "Sería equivocado creer que la obra de arte puede ser considerada como un refugio ante el sinsentido. Es ella misma una muestra del sinsentido y se limita a describirlo. No ofrece una cura al malestar",

Por su parte, Jacques Monod (un biólogo del que se podría decir que es la versión en científico de Camus) encuentra otra posible terapia en la búsqueda del conocimiento. Monod habla de la quiebra de la antigua alianza que el hombre tenía con la naturaleza, por la que esta "respondía" a la búsqueda que el hombre hacía de transcendencia y sentido. Ahora la naturaleza calla y el hombre no obtiene respuesta. Por ello, Monod habla de reconstruir la alianza, desarrollar una nueva alianza, y aporta para ello lo que llama "ética del conocimiento", que sería una apuesta por continuar el empeño científico o racional con la confianza en que termine por ofrecer algo que satisfaga el hambre que tiene el ser humano de seguridades y explicaciones. Sin embargo, por el tono que usa, se puede sospechar que él mismo está poco convencido de que se pueda lograr.

En cualquier caso, estas propuestas, aunque tengan puntos de coincidencia con la que ofrece el budismo, carecen de un elemento característico de este, como serían los elementos paradójicos vinculados al desapego y una ecuanimidad que parece encaminar a una inevitable pasividad. Sin embargo, el repertorio existencialista también tiene algo que ofrecer en esta línea.

  • "(...) hay que seguir, no puedo seguir, hay que seguir, voy pues a seguir, hay que hablar mientras se pueda (...) quizás ya esté hecho, quizás ya esté dicho (...) no lo sé, no lo sabré jamás, del silencio nunca se sabe, hay que seguir, no puedo seguir, voy a seguir ("El innombrable", Samuel Beckett, 1953).

Así como Monod podía verse como la modalidad en científico de Camus, Samuel Beckett podría entenderse como su versión artística. Cuando Camus popularizó su "hombre absurdo" ayudó sin querer a que la obra de Beckett fuese entendida. O malentendida, porque cayó sobre ella la etiqueta de "teatro del absurdo", con lo que parecía que no hacía falta intentar entender lo que hacían o dejaban de hacer sus vladimires y estragones.

La conclusión que se propone es que un budismo depurado de sus elementos menos escépticamente aceptables puede ser sorprendentemente parecido a una versión contemporánea del existencialismo europeo de mediados del siglo XX.